LA TIERRA DE TODOS, EL NEGOCIO DE POCOS.

 EL AGUIJÓN

LA TIERRA DE TODOS, EL NEGOCIO DE POCOS.

Por: Arturo Molina.

Hay una imagen que resume con brutal elocuencia lo que Venezuela lleva décadas siendo: un territorio de riquezas naturales incalculables, habitado por un pueblo que no puede costear su propio sustento. Al sur del río Orinoco, en una extensión de tierra más grande que Portugal (~92,212km2), yace uno de los depósitos minerales más extraordinarios del planeta: oro, diamantes, coltán, hierro, tierras raras. Minerales estratégicos que mueven la economía digital del mundo.

Toda esa riqueza se extrae bajo los pies de comunidades indígenas sin agua potable, en territorios controlados por grupos armados, en medio de una selva que destruyen lentamente, envenenando las principales fuentes de agua dulce del país y acelerando una degradación silenciosa pero devastadora. Eso es el Arco Minero del Orinoco (AMO ~111,843km2). Y lo que está ocurriendo hoy a su alrededor es una de las historias más importantes y menos contadas de la Venezuela contemporánea.

Pero para entender esa historia, es necesario entender otra: la de cómo el chavismo prometió construir un Estado desde abajo -desde las comunidades, desde la gente- y terminó construyendo un instrumento de control desde arriba. Estas dos historias, la del AMO y la de las comunas, son a su vez la misma historia contada por dos caminos: la de un país cuyos recursos, naturales y humanos, son administrados en beneficio del poder y no del pueblo. Al respecto, Víctor Álvarez, exministro de Industrias Básicas y Minería, expresó en su momento: "Los principales beneficiarios suelen ser las empresas transnacionales autorizadas para la explotación, mientras que los costos sociales y ambientales suelen ser transferidos a toda la sociedad." Hay quienes dicen que para un buen entendedor sobran las palabras.

Cuando la caída del precio del petróleo dejó al Gobierno en desespero, buscaron el ingreso de divisas a través del AMO, concebido por Chávez en 2011 y firmado por Maduro en 2016. La promesa fue soberanía económica y desarrollo para el sur, pero lo que documentaron Naciones Unidas, International Crisis Group y defensores de derechos humanos fue otra cosa: al menos 149 muertes de trabajadores desde 2016, víctimas no solo de la violencia, sino de condiciones de semi-esclavitud y del repunte incontrolable de enfermedades como la malaria y el dengue; grupos armados controlando zonas enteras; coexistencia de la explotación legal e ilegal en un territorio que incluye el Parque Nacional Canaima -Patrimonio de la Humanidad- y los territorios ancestrales de diez pueblos indígenas. Se dice y lee fácil, pero el desastre ambiental registrado por los estudios ecológicos ante tal apetencia concluye en un ecocidio sin precedentes.

En este contexto, con las recientes visitas de funcionarios estadounidenses y la emisión de licencias, el escenario del AMO es el que recibe a Estados Unidos. El Tesoro emitió la licencia 51 para autorizar compra y reventa de oro venezolano por empresas de ese país. La ONG SOS Orinoco el 07 de marzo de 2026 consideró que no había intención de ayudar a resolver el problema, al contrario: "Este modelo fue diseñado para ignorar las regulaciones de derechos humanos y ambientales para beneficiar a una pequeña élite. El levantamiento de sanciones está siendo utilizado para explotar minas que permanecen bajo el control de sindicatos criminales y autoridades corruptas." Es una especie de blanqueo manteniendo el ecocidio existente, así lo entiendo. La situación descrita obliga a preguntar: ¿qué cambia cuando cambia la bandera de quien extrae? La respuesta sería todo, si viene con transparencia, protección de derechos indígenas y mecanismos para que la riqueza llegue a Venezuela. Nada, si solo cambia el acento del extractivismo.

Esta lógica de extracción -de recursos naturales para el beneficio de unos pocos, ignorando el bienestar social y ambiental- no se limita al sur del Orinoco. Se traslada, con una dinámica distinta, pero con el mismo objetivo de control, a las zonas urbanas y rurales a través de una estructura llamada: las comunas. Los consejos comunales nacieron en 2006 como la idea más prometedora del chavismo —democracia desde abajo, recursos directos a la comunidad, participación sin intermediarios. La realidad documentada fue diferente, y así lo expresó María Pilar García-Guadilla, investigadora de la Ilustre Universidad Simón Bolívar: "Si para tener acceso al agua potable o al aseo urbano debe hacerse cabildeo partidario, entonces la participación se desnaturaliza y se convierte en herramienta para justificar la exclusión, donde la lealtad partidista termina pesando más que la necesidad de agua potable de un barrio".

El acceso a los recursos comunales fue condicionado a la lealtad política. El Carnet de la Patria y los CLAP terminaron el proceso: la bolsa de alimentos subsidiada quedó atada al registro político, controlado por mandos militares. En diciembre de 2024, el gobierno reformó la Ley Orgánica de Comunas para afinar el control territorial y blindar constitucionalmente un modelo que ya no puede ganar elecciones. El Laboratorio de Paz Venezuela, en enero de 2025 manifestó: "Las Comunas funcionarían como dispositivos de control territorial y comunitario de la población". Ni más, ni menos.

Reconstruir el país requiere, obligatoriamente, que el AMO deje de ser una caja chica de la élite y se transforme en una fuente transparente de financiamiento para escuelas, hospitales y soberanía tecnológica —eso, si hay contratos públicos, supervisión independiente y distribución real de beneficios. Tal como lo expresará el economista ecológico estadounidense Herman Daly: "Un país que destruye su capital natural para pagar sus deudas no está construyendo su futuro. Está vendiéndolo." Y en cuanto a los consejos comunales hay que liberarlos de la tutela partidista, así podrían recuperar su vocación original: Venezuela tiene una tradición organizativa comunitaria que data de décadas antes del chavismo, y que demostró, cuando fue autónoma, una capacidad real de transformar territorios. Eso es historia reciente.

En este momento —con el tablero político moviéndose aceleradamente— la pregunta de fondo sigue siendo la misma que los venezolanos no han podido responderse en décadas: ¿a quién sirve el Estado venezolano? La respuesta determinará si el oro del Orinoco construye escuelas o llena cuentas en el exterior, si los consejos comunales empoderan vecindades o controlan poblaciones. Lo evidente es que los recursos naturales no construyen países. Los construyen las instituciones, la transparencia y la voluntad de anteponer el bien común. Eso, a diferencia del coltán o el oro, no se encuentra en ninguna mina. Se construye, o no se construye. Y esa elección siempre es de las personas.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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