EL AGUIJÓN
EDUCACIÓN SIN FRONTERAS.
EL DESAFÍO DEL TÁCHIRA y NORTE DE SANTANDER.
Por: Arturo Molina.
La geografía nos enseña que las
fronteras rara vez son las líneas rectas que se dibujan en los mapas desde las
lejanas capitales. Para quienes habitamos el eje Táchira-Norte de Santander, la
frontera no es un muro, sino un tejido vivo, un ecosistema humano que respira,
comercia, sufre y, sobre todo, se educa en conjunto. Hoy, el termómetro más
exacto para medir la salud de nuestra integración binacional no está en las
aduanas, sino en las aulas de clase. Si hacemos un ejercicio de memoria
histórica, recordaremos con orgullo las décadas de los ochenta y noventa,
cuando San Cristóbal se erigía como la gran metrópolis académica del occidente.
Las aulas de la ULA, la UNET, la UPEL y la UCAT formaron a miles de
profesionales colombianos atraídos por nuestra excelencia y gratuidad. Éramos
el gran faro receptor.
La compleja realidad
socioeconómica de hoy ha invertido esa balanza. Las estadísticas oficiales y de
plataformas humanitarias reflejan una magnitud impresionante: más de 60.000
niños y adolescentes venezolanos se encuentran hoy matriculados en el sistema
educativo del Norte de Santander. De esa inmensa cifra, miles de ellos,
residentes en nuestros municipios Bolívar, Pedro María Ureña y zonas aledañas,
conforman una población de "estudiantes pendulares" que cruzan
diariamente los puentes internacionales hacia Cúcuta y Villa del Rosario. Allí
encuentran no solo pupitres, sino el vital respaldo del Programa de
Alimentación Escolar (PAE), una política pública que la hermana república ha
mantenido firme para mitigar la vulnerabilidad.
Sin embargo, para entender cómo llegamos a este punto, debemos analizar la miopía geopolítica que fracturó nuestra institucionalidad. La integración educativa no es una utopía; nuestros países tenían una brújula clara materializada en el Convenio Andrés Bello. Este histórico tratado permitía el reconocimiento de estudios, las equivalencias y una movilidad estudiantil fluida. ¿Qué ocurrió? Presenciamos un choque dramático de modelos. Mientras el Estado colombiano ha fomentado el espíritu de esos acuerdos —facilitando la inserción de nuestros jóvenes—, el actual modelo de gobierno en Venezuela decidió amputar estos lazos. Se abandonaron espacios multilaterales de un plumazo, movidos por una agenda político-ideológica, sin medir el impacto sobre el ciudadano fronterizo. Este abandono se hace aún más evidente al observar la infraestructura. Mientras del lado colombiano se asume la educación como una política de Estado inquebrantable —fortaleciendo y ampliando sus planteles para absorber la demanda como un pilar que afianza su sistema de libertades—, de este lado del río presenciamos el doloroso deterioro de los espacios que alguna vez fueron nuestro orgullo académico. El contraste en la inversión física es el reflejo más crudo de las prioridades de cada modelo.
Todo este extravío pavimentó el camino para el episodio más oscuro de nuestra historia reciente: el cierre fronterizo (2015-2022). Como bien lo ha advertido la investigadora Rina Mazuera desde el Observatorio de Investigaciones Sociales en Frontera (ODISEF) —una iniciativa independiente que desarrolla un valioso trabajo de la mano con instituciones académicas como la Universidad Católica del Táchira (UCAT)—, las restricciones gubernamentales no detuvieron el flujo humano, sino que lo empujaron hacia la irregularidad. Los datos recopilados por este observatorio (cuyos informes están disponibles para la consulta pública en su portal (odisef.org) revelan cómo, de la noche a la mañana, vimos con dolor a nuestra juventud arriesgando su integridad en las trochas, cruzando las aguas turbulentas del río Táchira y sorteando dinámicas irregulares solo para ejercer su derecho a estudiar. Pero fue allí donde brilló la mayor victoria ciudadana. La presión inquebrantable de madres, representantes y maestros forzó la creación del "Corredor Escolar Binacional". Esa acción demostró que los lazos de hermandad superan cualquier decreto y nos dejó una lección innegociable: la educación debe estar blindada ante cualquier conflicto político. Con el paso regularizado por los puentes Atanasio Girardot (en el sector de Tienditas), Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, no podemos conformarnos con la simple "tolerancia" del tránsito estudiantil. Es imperativo pasar a la planificación estratégica para hacer propuestas concretas.
Sin pretender entrar en terreno fangoso, es importante debatir sobre la creación del Espacio Universitario Fronterizo, retomando lo bueno del convenio Andrés Bello y establecer alianzas directas entre las universidades para la homologación automática de títulos. Un profesional tachirense debe poder ejercer en Cúcuta sin ser asfixiado por la burocracia, y viceversa. Crear un Currículo Regional Binacional implementando la "Cátedra Fronteriza". Nuestros niños no pueden seguir estudiando la historia y geografía de Venezuela y Colombia como realidades aisladas, porque su entorno es compartido. Impulsar la creación del Observatorio Binacional de Movilidad y Desarrollo, porque es necesario conocer a través de la planificación responsable qué oficios y profesiones requiere nuestra “inminente Zona de Integración Fronteriza (ZIF)” que está en veremos, un día la bailan para el frente y otro para atrás. No hay desarrollo económico sin mano de obra calificada.
La educación es la inversión
política y social más poderosa para erradicar la xenofobia y construir
ciudadanía. El papel lo aguanta todo, pero la realidad de nuestra región nos
exige elevar el nivel de la discusión. Por ello, la invitación es a no dejar
este debate solo en estas líneas. Este y otros temas vitales los estaremos
desmenuzando en vivo este miércoles 15 de abril, en nuestro
podcast SOMOS FRONTERA, a través de la señal digital de Diario La
Nación (lanaciondiario.fm). Acompáñennos a construir el Táchira y
la frontera que verdaderamente merecemos.
Arturo Molina.
@jarturomolina1
www.trincheratachirense.blogspot.com
jarturomolina@gmail.com
