EL ROBO DEL SUDOR: CUANDO LA IMPUNIDAD SE FINANCIA CON EL HAMBRE.

 

EL AGUIJÓN

EL ROBO DEL SUDOR: CUANDO LA IMPUNIDAD SE FINANCIA CON EL HAMBRE.

Por: Arturo Molina.

En la Venezuela que caminamos a diario, el trabajo ha dejado de ser un refugio para convertirse en una condena de supervivencia. Quienes sufrimos las precariedades impuestas por este modelo del "socialismo del siglo XXI" sabemos que la crisis no es un número, sino el silencio ensordecedor de una nevera vacía. Llevamos más de 1.400 días —casi cuatro años de desprecio oficial— sin un aumento del salario mínimo real, una cifra que el economista y exministro Víctor Álvarez describe con precisión quirúrgica: "El gobierno ha aplicado un ajuste fiscal salvaje sobre los hombros de los trabajadores, licuando el salario a través de una bonificación que no genera pasivos laborales". Lo que recibimos no es un sueldo; es una "estafa etiquetada" como bono que nos quita el derecho a las vacaciones, a los aguinaldos y, lo más grave, a una jubilación digna.

 

Llamemos a las cosas por su nombre: pretender eliminar las prestaciones sociales bajo el pretexto de que el Estado o los privados "no pueden pagarlas" es una confesión de quiebra moral. Las prestaciones no son un regalo del patrono, son salario diferido. Como bien advierte la abogada laboralista Jacqueline Richter, directora del Observatorio de Derechos de Propiedad: "Las prestaciones son propiedad privada del trabajador; confiscarlas o desmejorarlas es violar el principio de progresividad de los derechos humanos". Argumentar insolvencia hoy, después de haber dilapidado la mayor bonanza petrolera de nuestra historia, es un insulto a la inteligencia. Mientras nos piden sacrificio, asistimos a un opaco juego de espejos en un gabinete ministerial que solo se maquilla para gestionar cuotas de poder entre corrientes internas —un día del ala de Maduro, otro de la familia Rodríguez—, mientras el dinero de las licencias y el "tutelaje" extranjero se mueve en una caja negra que nadie rinde.

 

La incidencia económica de esta política es devastadora: según estimaciones de diversas firmas financieras, más del 90% del ingreso mensual del venezolano hoy es "no salarial". Esto significa que el trabajador está financiando, con su propia miseria, el déficit de un Estado que prefiere "correr la arruga" antes que auditar sus arcas. Una cosa es sentarse a acordar soluciones para reactivar la producción y otra, muy distinta, es pretender que la clase trabajadora entregue sus derechos para proteger la impunidad de una élite que no sabe lo que es vivir con un sueldo de hambre. No hay sentido ético en una propuesta que castiga al que produce para salvar al que malversa.

 

La reconstrucción de Venezuela exige propuestas que pongan al ser humano en el centro: es urgente la salarización inmediata de los bonos, la creación de un fondo de contingencia para el pago de pasivos laborales auditado por organismos internacionales y el retorno al cumplimiento estricto del Artículo 91 constitucional, que exige un salario ajustado a la canasta básica. El país no necesita más maquillaje político ni luchas de facciones que no conocen el costo de un cartón de huevos; necesita que la transparencia reemplace al secreto y que el sudor del trabajador vuelva a valer. Sacrificar al que trabaja para salvar al que dilapidó no es economía, es una injusticia del tamaño de nuestra indignación.

 

Arturo Molina.

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

 

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