LA TRAGEDIA DE LOS TUTELADOS.

 EL AGUIJÓN

LA TRAGEDIA DE LOS TUTELADOS.

Por: Arturo Molina.

El gobierno tutelado ha convocado una “Gran Peregrinación Nacional” para el próximo 19 de abril de 2026, una fecha profundamente simbólica que remite al inicio de nuestra gesta emancipadora, con actividades previstas hasta el 1 de mayo. El propósito declarado es denunciar el impacto de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. Estas medidas han tenido efectos severos sobre la población, han deteriorado el poder adquisitivo de las familias y han contribuido al debilitamiento del aparato productivo nacional.

Sin embargo, en medio de esta narrativa emerge una contradicción que no puede ser ignorada. Resulta políticamente inconsistente y estratégicamente debilitante denunciar con firmeza una forma de injerencia externa mientras se guarda silencio -o se actúa con ambigüedad- frente a otras expresiones de pérdida de control territorial dentro del propio país. La soberanía, entendida en su sentido integral, no admite fragmentaciones ni defensas selectivas. Como advertía Simón Bolívar, la independencia no es un concepto parcial: implica el ejercicio pleno de autoridad sobre el territorio y la autodeterminación sin tutelajes, vengan de donde vengan. Defenderla a medias no es defenderla; es, en realidad, erosionarla.

Escribo desde el estado Táchira, donde la soberanía no es una abstracción jurídica, sino una vivencia cotidiana. En amplias zonas de la frontera, la presencia y operación de grupos armados irregulares no es un rumor, sino una realidad conocida por las comunidades. Investigaciones como las del sociólogo Rafael Uzcátegui han advertido cómo la porosidad fronteriza y la debilidad institucional han derivado en formas de gobernanza híbrida, donde actores no estatales ejercen control efectivo sobre territorios específicos. Esta situación responde a una combinación compleja de factores: dinámicas históricas propias de la frontera, economías ilícitas, fragilidad institucional y limitaciones operativas del Estado. Reconocer esta complejidad no exime responsabilidades; por el contrario, las hace más urgentes. La soberanía se vulnera tanto por decisiones externas que afectan la economía nacional como por la incapacidad de garantizar el monopolio legítimo de la fuerza dentro del territorio. Ambas realidades deben ser enfrentadas con igual seriedad.

Cuando el Estado adopta una postura firme frente a las sanciones, pero evita abordar con la misma claridad la pérdida de control en zonas estratégicas, no solo incurre en una incoherencia discursiva. También debilita su legitimidad, tanto interna como externa. Un discurso soberanista que no reconoce sus propias fracturas pierde fuerza ante la ciudadanía y ante la comunidad internacional. En este contexto, la peregrinación convocada corre el riesgo de ser percibida más como un acto de movilización política que como un ejercicio genuino de reafirmación nacional. No es la conmemoración en sí lo cuestionable, sino su posible instrumentalización coyuntural. Convertir una fecha histórica en plataforma política puede terminar diluyendo su significado profundo. De allí surge lo que denomino la tragedia de los tutelantes y los tutelados: rechazar una forma de dependencia mientras se toleran -o se sustituyen- por otras. No se trata únicamente de las relaciones con el gobierno de los Estados Unidos, sino de cualquier vínculo asimétrico que comprometa la autonomía real del país, ya sea en lo geopolítico, financiero o militar. Cambiar de tutor no es independencia; es, en el mejor de los casos, una ilusión de autonomía.

En medio de la crisis, han comenzado a surgir voces que, desde la frustración, coquetean con fórmulas que implican cesiones de soberanía o esquemas de “asimilación” externa. Estas propuestas, aunque comprensibles en su origen, entrañan un riesgo profundo. Como ha señalado la investigadora Francine Jácome, la reconstrucción de Venezuela solo podrá sostenerse sobre instituciones sólidas y democráticas, pero estas dependen, de manera ineludible, de un territorio íntegro y bajo control efectivo del Estado. Ceder soberanía como respuesta a una crisis coyuntural no resuelve el problema: lo convierte en una pérdida histórica. Frente a este panorama, la crítica solo tiene sentido si se traduce en acción. Esto implica asumir, sin ambigüedades, una política de Estado orientada a la recuperación progresiva del control territorial, especialmente en zonas fronterizas, mediante una estrategia de seguridad sostenida y coordinada. Pero ese esfuerzo no puede limitarse al ámbito militar: exige el fortalecimiento de la institucionalidad local, la presencia efectiva del Estado y la garantía de derechos para la población.

Al mismo tiempo, resulta imprescindible despolitizar el concepto de soberanía, elevándolo por encima de intereses partidistas, y sostener una posición internacional coherente que rechace toda forma de injerencia, sin excepciones ni selectividades. El verdadero peligro no es solo la pérdida material de control, sino el legado conceptual que estamos construyendo: una idea fragmentada de patriotismo, donde la defensa de la nación parece depender de conveniencias políticas. Frente a ello, la posición debe ser firme: ni sanciones que empobrecen al pueblo en nombre de la democracia, ni tolerancia a la pérdida de control territorial en nombre de ninguna causa. Rechazamos todo tutelaje, venga de donde venga. Pero, más importante aún, exigimos coherencia, responsabilidad y acción. Solo así Venezuela podrá dejar de oscilar entre dependencias y recuperar, con dignidad, su condición de nación verdaderamente libre y soberana.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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