DIGNIDAD O CONTROL SOCIAL: EL DILEMA DEL PRIMERO DE MAYO.

 EL AGUIJÓN

DIGNIDAD O CONTROL SOCIAL: EL DILEMA DEL PRIMERO DE MAYO

Por: Arturo Molina.

Se aproxima el Primero de Mayo y, con él, reaparece la cíclica puesta en escena de promesas y expectativas que marca el pulso de un país agotado. Mientras las cúpulas políticas saturan el debate público alardeando sobre ingresos petroleros y flexibilización de licencias extranjeras, en los hogares venezolanos se libra una batalla silenciosa por la supervivencia. El contraste es hiriente: se negocia la riqueza de la nación en mesas externas, pero el trabajador sigue atrapado en un esquema de remuneración que roza la indigencia. Recientemente, desde la administración tutelada se ha asomado la promesa de un incremento salarial "responsable". Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué significa la responsabilidad en un contexto de desmantelamiento institucional? Para un estadista, la responsabilidad no es un adjetivo vacío, sino una correspondencia técnica con la realidad social.

Los datos son irrefutables. El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (CENDAS-FVM), bajo el rigor del doctor Oscar Meza, ha demostrado que la canasta alimentaria familiar ya supera los 650 dólares mensuales. Desde esta perspectiva, un aumento responsable no es aquel que se anuncia mediante bonos discrecionales, sino el que rescata el valor del trabajo. La verdadera responsabilidad implicaría la restitución inmediata de las contrataciones colectivas y el respeto absoluto a las escalas profesionales. Un Estado serio no aplanaría las tablas salariales; por el contrario, garantizaría que un médico, un educador, un funcionario de carrera, un obrero o personal de apoyo, perciban ingresos indexados al costo de la vida, rescatando la meritocracia como motor de ascenso social.

Desde nuestra realidad en el Táchira, la percepción del agravio es aún más aguda. En la frontera, donde las dinámicas binacionales imponen un ritmo económico implacable, el centralismo parece ignorar que la devaluación del trabajo no es solo un fenómeno monetario, sino una herida a la soberanía ciudadana. Es aquí donde el relato político muestra su grieta más profunda: el gobierno levanta banderas para protestar contra las sanciones económicas que han sacudido el bolsillo de la población, pero calla estratégicamente ante la violación de nuestra soberanía y el territorio, aceptando de forma pasiva el tutelaje que le impone el imperio. Esta contradicción no es casual. El empeño en mantener una supuesta "igualdad salarial" es, en realidad, un sofisticado mecanismo de control social. Al destruir el poder adquisitivo y sustituir el salario constitucional por bonificaciones sin incidencia prestacional, se busca convertir al ciudadano productivo en un dependiente del Estado. En este juego perverso, la responsabilidad es compartida: recae tanto en quienes administran la miseria desde el poder, como en aquellos factores que, buscando un quiebre político, aplaudieron sanciones que solo terminaron asfixiando al trabajador.

La soberanía de una nación no se defiende solo con retórica, sino con la dignidad de su gente. No habrá recuperación real mientras el trabajo sea visto como una carga y no como la fuente primordial de prosperidad. Este Primero de Mayo no debe ser una fecha para esperar concesiones de quienes han administrado nuestra crisis, sino un punto de partida para la organización ciudadana independiente. El rescate de Venezuela no vendrá de un decreto de última hora ni de una licencia otorgada desde afuera. Vendrá de la exigencia firme de un nuevo modelo que devuelva al trabajador su lugar como columna vertebral de la República. El futuro del país depende de que logremos separar el destino de la nación de las ambiciones de las cúpulas que, bajo distintos tutelajes, han decidido postergar el bienestar del pueblo por la preservación de sus propios intereses.

Arturo Molina.

@jarturomolina1

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jarturomolina@gmail.com

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