LA TRAMPA DE LA TUTELA.

 EL AGUIJÓN

LA TRAMPA DE LA TUTELA.
                                                                                                                          Por: Arturo Molina.

La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 no significó el cierre de una etapa, sino la apertura de una transición cuya naturaleza aún no termina de definirse. Para muchos venezolanos representó el fin de una pesadilla; para otros, la confirmación de que la soberanía nacional había sido vulnerada. Ambas percepciones conviven en un país que intenta reorganizarse mientras todavía no define con claridad el alcance real del cambio. Las experiencias comparadas obligan a observar este momento con serenidad. Revisemos algunos escenarios.

1-Irak, tras la intervención de 2003, la Autoridad Provisional de la Coalición asumió el control con el propósito declarado de estabilizar y reconstruir el país (así lo anunciaron al mundo). El tiempo demostró, de forma implacable, que la ingeniería institucional impuesta desde el exterior, sin legitimidad social suficiente, tiene límites severos e inevitables. El politólogo Larry Diamond, quien participó como asesor en ese proceso, advirtió: “No se puede imponer la democracia a punta de fusil; la legitimidad debe crecer desde adentro”. La advertencia no es ideológica, es histórica y responsable.

2-Kosovo, bajo administración internacional después del año 1999, se logró una estabilización inicial, pero el debate sobre soberanía y tutela prolongada aún persiste. El politólogo Roland Paris señaló en su obra “Al final de la guerra” que la liberalización política sin bases institucionales sólidas puede generar nuevas tensiones en lugar de resolverlas. La enseñanza es clara: estabilidad no equivale automáticamente a consolidación democrática. Ese camino hay que transitarlo conscientemente.

3-Panamá, tras la salida de Manuel Noriega en 1989, logró reordenar su sistema político con mayor rapidez porque contaba con estructuras estatales menos erosionadas y con actores políticos capaces de acordar reglas mínimas de convivencia. Aunque las comparaciones no ofrecen recetas mecánicas, ni automáticas, sí generan advertencias: ningún desenlace positivo está garantizado únicamente por la remoción de un gobernante. Hay que revisar con sumo cuidado lo que existe detrás del mismo.

4-Venezuela, la transición parece avanzar a dos ritmos. La reorganización del sector energético y de los mecanismos financieros asociados ha sido prioritaria y expedita, mientras que la redefinición institucional —independencia judicial, cronograma electoral, garantías políticas plenas— avanza con mayor lentitud, algo así como: un día sí, pero una semana no. Algunos se preguntan: ¿qué clase de modelo se está construyendo cuando la estabilización económica precede y condiciona la legitimación política?

Aquí se hace necesario reconocer que el deterioro de la soberanía no comenzó con la intervención de Donald Trump. Durante años, el gobierno, ahora tutelado, debilitó la institucionalidad, erosionó el sistema electoral y permitió la penetración de intereses externos bajo un discurso que invocaba la independencia nacional mientras la vaciaba de contenido. Las observaciones, reclamos o exigencias realizadas por esos eventos, no fueron escuchadas, sino además se sancionó a quienes se atrevieron a hacerlo. Ahora, admitir esa responsabilidad histórica no convierte en irrelevante el debate presente. El derecho internacional contemporáneo sigue tensionado entre el principio de no intervención y lo que llaman responsabilidad de proteger. La estudiosa del derecho Anne Peters ha advertido que “la defensa de los derechos humanos no debe transformarse en una sustitución permanente de la autodeterminación de los pueblos”. Aquí, la línea entre cooperación y tutela se vuelve peligrosamente difusa cuando no se fijan límites claros en un horizonte de devolución del poder.

Cientos de venezolanos ven en la intervención una oportunidad para recuperar la calidad de vida tras años de hiperinflación, migración masiva y deterioro social, traducido en hambre y miseria. Esa esperanza es comprensible. Pero la experiencia comparada anteriormente, demuestra que las transiciones sostenibles dependen de la construcción de reglas aceptadas por la mayoría. El politólogo Samuel Huntington recordaba que “el desafío central no es solo expandir libertades, sino consolidar instituciones capaces de sostenerlas en el tiempo”. Eso implica dejar a un lado el quítate tú, para ponerme yo, porque ni el anochecer, ni el amanecer, aseguran gobernabilidad.

Venezuela tiene una ubicación geopolítica estratégica y una riqueza natural que la convierten en un actor relevante del mercado energético global (está demostrado y a los hechos me remito). El economista Daron Acemoglu ha explicado que “las naciones prosperan cuando el poder se distribuye y las instituciones limitan su concentración en pocas manos”. El desafío venezolano no es únicamente reactivar la producción, sino establecer reglas que garanticen el control ciudadano efectivo y su voluntad sea respetada. Por eso resulta indispensable que el cronograma electoral sea vinculante y verificable internacionalmente, que la independencia del Poder Judicial se restaure con jueces seleccionados por consenso y no por designación unilateral, y que los contratos petroleros y mineros queden sometidos a auditoría pública permanente. Tal vez se puede lograr una eficiencia técnica con una administración más sofisticada dejando a un lado estos tres pilares en concreto, pero va a persistir la misma fragilidad institucional.

Los venezolanos enfrentan un inmenso reto y superarlo de forma plausible requiere de madurez política. No se trata de aplaudir sin reservas ni de condenar sin matices. Se trata de comprender que la reconstrucción de la República dependerá de la capacidad de articular un acuerdo nacional que incluya elecciones verificables, independencia real de poderes, control transparente de los recursos naturales y políticas sociales que restituyan la dignidad a los ciudadanos. Apostar al desierto solo para vociferar libertad sin tener piso solido que la sustente, se transforma en un absurdo en el tiempo.

La historia demuestra que ningún país se reconstruye exclusivamente desde el exterior, ni únicamente desde la retórica interna. Venezuela tiene hoy la rara oportunidad de demostrar que es posible aceptar ayuda externa sin entregar la República. La libertad nunca ha sido un decreto ni una concesión extranjera. Es el resultado de instituciones legítimas que solo pueden sostenerse sobre la voluntad colectiva y la rendición de cuentas real. Eh ahí el gran desafío.

Arturo Molina

@jarturomolina1

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jarturomolina@gmail.com

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