EL AGUIJÓN
HACIA UN 2026 DE CONCIENCIA
CIUDADANA.
Por: Arturo Molina.
Al desvanecerse los últimos ecos
del 2025, nos encontramos ante el umbral de un tiempo que nos exige algo más
que optimismo; nos demanda una transformación profunda en nuestra manera de
habitarnos como nación. No se trata simplemente de pasar la página del
calendario, sino de reescribir la gramática de nuestra convivencia, alejándonos
de la estridencia del conflicto para abrazar la serenidad del entendimiento. La
verdadera madurez de un pueblo no reside en la ausencia de discrepancias, sino
en la capacidad institucional y humana de gestionarlas bajo el amparo sagrado
del Estado de Derecho. Como bien señalaba Hannah Arendt, «la política se basa
en el hecho de la pluralidad de los hombres», y es precisamente en esa
diversidad de pensamiento donde reside nuestra mayor riqueza, siempre que el
respeto mutuo sea el suelo común donde todas las ideas puedan germinar sin
temor a la censura o al castigo.
Un país civilizado es aquel
donde la libertad de expresión no es un riesgo, sino un ejercicio cotidiano de
salud democrática, y donde la existencia de presos políticos se convierte en
una sombra del pasado incompatible con un sistema de justicia genuinamente
imparcial. El camino hacia el 2026 debe estar pavimentado con la firme
intención de desmantelar la polarización que nos ha fragmentado, entendiendo
que el "otro" no es un antagonista a anular, sino un conciudadano con
quien compartir la carga y la gloria de reconstruir el hogar común. Debemos
aspirar a una justicia que no incline su balanza ante el poder de turno, sino
ante la verdad y la norma, garantizando que los Derechos Humanos sean el límite
infranqueable de cualquier ambición política. En este sentido, la advertencia
de Albert Camus cobra hoy una vigencia absoluta: «La libertad no es nada más
que una oportunidad de ser mejor», y es esa oportunidad la que debemos proteger
a través de un compromiso inquebrantable con la institucionalidad y la transparencia.
Esta nueva etapa requiere que el
ejercicio del poder se despoje de su carácter mesiánico y se convierta en una
herramienta técnica y humana para el diseño de políticas públicas que combatan,
de raíz, la pobreza y la miseria. No podemos hablar de progreso mientras el
talento se asfixie por la falta de condiciones dignas o mientras la educación y
la salud de calidad sean privilegios en lugar de pilares de la movilidad
social. El 2026 debe ser el año donde la meritocracia recupere su lugar y donde
el trabajo sea remunerado con la justicia necesaria para devolverle al
ciudadano su autonomía y su dignidad. El crecimiento económico solo es
auténtico cuando viene acompañado de un desarrollo intelectual y espiritual que
permita conversaciones cargadas de contenido, alejadas de la vacuidad y del
chantaje, donde la honestidad sea el valor supremo y el servicio público una
vocación de entrega, no un camino hacia el privilegio personal.
Finalmente, la Venezuela que
soñamos se construye en la cotidianidad de nuestras actuaciones, en ese
desempeño civilizado que rechaza los abusos y valora la integridad por encima
de las alianzas de conveniencia. Debemos desconfiar de los falsos profetas que
prometen soluciones mágicas a cambio de nuestra libertad; la verdadera
recuperación es un proceso orgánico que nace de la base ciudadana y se
consolida en la solidez de las leyes. Al recibir el nuevo año, hagámoslo con la
convicción de que las diferencias son esenciales para el progreso humano, pero
jamás deben ser excusa para la violación de la dignidad del prójimo. Que
nuestra mirada hacia el futuro sea resiliente y humilde, reconociendo que el
éxito colectivo depende de nuestra capacidad para ser, ante todo, una sociedad
que se reconoce en el espejo de la ética y que camina con paso firme hacia un
horizonte de equidad, desarrollo y paz duradera.
¡Feliz año nuevo 2026!
Arturo Molina.
@jarturomolina1
www.trincheratachirense.blogspot.com
jarturomolina@gmail.com
