LIBERTAD Y CONCIENCIA

 EL AGUIJÓN

LIBERTAD Y CONCIENCIA

Por: Arturo Molina

Hace unas horas atrás, se registró un hecho (esperemos que no sea un pote de humo) de enorme relevancia para la historia reciente de Venezuela: se anunció por parte del gobierno que varias personas consideradas presos políticos serían liberadas, entre ellos activistas, defensores de derechos humanos y opositores que permanecían detenidos bajo acusaciones políticas. Este acontecimiento ha sido reportado internacionalmente como parte de un proceso impulsado en gran medida por la presión diplomática y política del gobierno de los Estados Unidos, en el contexto de profundos cambios en la escena política venezolana tras la salida del poder de Nicolás Maduro y la asunción de una administración transitoria. Medios como Financial Times señalaron que estas liberaciones respondieron a exigencias directas de Washington como parte de un intento por abrir una nueva etapa política en el país, destacando que “la excarcelación de presos políticos fue una condición clave planteada por Estados Unidos”.

La noticia fue recibida con alegría y alivio por familiares, organizaciones de derechos humanos y numerosos ciudadanos que han seguido durante años los casos de detenciones arbitrarias en Venezuela. Cada persona que recupera su libertad representa una vida, una historia y un proyecto que vuelve a ponerse en marcha. Ese sentimiento de esperanza es legítimo y profundamente humano. Sin embargo, junto con la celebración, este hecho exige una mirada reflexiva sobre lo que realmente significa y sobre todo lo que aún permanece pendiente. El hecho de que la liberación sea percibida internacionalmente como resultado de presión externa —particularmente de Estados Unidos— deja en evidencia que estos casos no son episodios aislados, sino parte de una problemática estructural. Durante años, la detención de disidentes políticos, activistas sociales y defensores de derechos humanos ha sido utilizada como un mecanismo para silenciar voces críticas. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron reiteradamente que en Venezuela “las autoridades han utilizado el sistema de justicia penal para castigar la disidencia y generar un efecto disuasivo en la sociedad”, mediante cargos considerados infundados o desproporcionados.

Según cifras de Foro Penal, una de las organizaciones más rigurosas en el seguimiento de esta realidad, para finales de 2025 existían más de 800 personas detenidas por motivos políticos en Venezuela. Este dato confirma que, aunque las liberaciones anunciadas, (no concretadas todas al momento de escribir este artículo) son significativas, el problema de fondo persiste: la existencia de un sistema que criminaliza el disenso y limita el ejercicio pleno de derechos fundamentales. Entre las personas anunciadas que serían liberadas se encuentran profesionales que dedicaron su vida a áreas esenciales para cualquier sociedad democrática, como la educación, la defensa de los derechos humanos y la protección de comunidades vulnerables. Destaca especialmente el caso de Javier Tarazona (sin libertad aún), educador y defensor de derechos humanos, detenido por su labor de documentación de violaciones y su trabajo con poblaciones afectadas por la violencia. Amnistía Internacional afirmó en su momento que su encarcelamiento constituía “una detención arbitraria motivada exclusivamente por su labor legítima y pacífica de defensa de los derechos humanos”, y exigió su liberación inmediata e incondicional. A esa valoración, le agrego: actuando en defensa de la soberanía y el territorio.

El anuncio del regreso de Tarazona a su hogar, a su familia y a su comunidad es motivo de celebración, pero también de reflexión colectiva. Su historia nos confronta con una pregunta incómoda: ¿qué significa vivir en un país donde expresar ideas críticas, ejercer una profesión con independencia o denunciar abusos puede convertirse en una causa de prisión? No se trata únicamente de liberar nombres individuales, sino de revisar y transformar las condiciones que permitieron que decenas de personas pasaran años privadas de libertad por el solo hecho de disentir. La libertad de uno no puede entenderse aislada de la libertad de todos. La liberación de presos políticos no debería reducirse a un gesto simbólico ni a un cálculo diplomático coyuntural. Debe ser asumida como un punto de partida para una reflexión ciudadana más profunda y para el fortalecimiento de instituciones capaces de garantizar de manera efectiva el respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión y el debido proceso. Al mismo tiempo, este proceso no debe convertirse en un instrumento de revancha, odio o confrontación que profundice la polarización social. La memoria de quienes han sufrido injusticias exige un equilibrio delicado entre justicia y reconciliación, entre la exigencia de responsabilidades y el reconocimiento de la dignidad humana.

Mi alegría por quienes han recuperado su libertad —en especial por quienes fueron encarcelados por defender derechos fundamentales— se mezcla con un llamado a la conciencia colectiva: a no normalizar las detenciones arbitrarias, a no olvidar a quienes aún permanecen privados de libertad y a comprender que la defensa de la dignidad humana, en cualquiera de sus expresiones, nunca debería ser penalizada. Que el regreso de Javier Tarazona y de otros liberados se concrete ya, y sea celebrado como un paso importante, pero también como una oportunidad para renovar nuestro compromiso con los derechos humanos, con la justicia y con una convivencia basada en el respeto recíproco y la libertad de pensamiento.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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