VENEZUELA ANTE EL ESPEJO.

 EL AGUIJÓN

VENEZUELA ANTE EL ESPEJO.

Por: Arturo Molina.

La actual coyuntura venezolana puede describirse, desde la sociología política, como un interregno prolongado de incertidumbre y extravío estratégico. La brújula nacional no solo parece imantada por fuerzas externas: ha sido entregada voluntariamente. De allí la paradoja central del momento político venezolano: mientras gobierno y sectores radicales de la oposición se presentan como enemigos irreconciliables, ambos convergen en un mismo gesto de subordinación, disputándose el favor de Washington como árbitro último de la vida nacional. La retórica pública se llena de invocaciones patrióticas o democráticas, pero en la práctica se normaliza la tutela extranjera como atajo para dirimir conflictos internos. Este realismo mágico del poder ignora una advertencia fundacional de Simón Bolívar: la libertad no se delega sin consecuencias, y la soberanía que se negocia termina por extinguirse.

La obsesión con la validación externa ha funcionado como un anestésico colectivo frente a la responsabilidad política interna. Ha permitido sustituir el debate sobre errores propios por la coartada permanente del enemigo externo. Sin embargo, cuando se despeja la neblina de la polarización inducida, emerge una realidad económica y social contundente. Las sanciones y el aislamiento financiero han agravado el deterioro nacional, pero no lo explican en su origen. Los datos oficiales y las mediciones independientes coinciden en un punto incómodo para el poder: el colapso del aparato productivo, la caída sostenida del PIB y el inicio de la hiperinflación preceden a las sanciones más severas. El derrumbe fue consecuencia directa de una corrupción estructural que devastó la industria petrolera, dilapidó ingresos extraordinarios y anuló los mecanismos de control republicano bajo el discurso del “Socialismo del Siglo XXI”. La crisis no fue importada; fue administrada desde el Estado.

El actual desbloqueo parcial de áreas estratégicas ofrece un respiro limitado, pero también encierra un riesgo político evidente: que se utilice como válvula de oxígeno económico para preservar un modelo de poder intacto. Sin reforma política profunda, sin rendición de cuentas y sin instituciones autónomas, cualquier recuperación será precaria y funcional a la reproducción del mismo sistema que llevó al país al colapso. El crecimiento sin Estado de Derecho no es desarrollo; es administración temporal de la crisis. La reconstrucción de Venezuela no pasa por redefinir alianzas imperiales, sino por restituir la República. Esto implica el retorno efectivo al Estado de Derecho y el fin de la barbarie política, entendida no como consigna literaria, sino como la violencia institucional que criminaliza la disidencia y normaliza la arbitrariedad. La existencia de presos políticos no es un “exceso corregible”, sino una violación estructural incompatible con cualquier proyecto nacional serio. Su liberación no es un gesto de buena voluntad, sino una obligación jurídica y política indispensable para cualquier proceso de normalización democrática.

Del mismo modo, la institucionalidad exige romper con la opacidad fiscal que ha convertido al presupuesto nacional en un instrumento de dominación política. El respeto al Situado Constitucional y la transferencia efectiva de recursos a estados y municipios no son concesiones del poder central, sino derechos constitucionales. Sin descentralización real no hay República, solo administración vertical de la escasez. El mayor peligro del momento actual es que la polarización continúe siendo utilizada como mecanismo de control. Alimentada por discursos de odio y amplificada por plataformas digitales, esta lógica busca anular al adversario y deslegitimar cualquier forma de negociación política, presentada como traición. Sin embargo, la sociedad venezolana real —la que sobrevive fuera de las cúpulas— expresa otra prioridad. Los estudios sobre condiciones de vida son claros: la mayoría no exige revancha ni épica, sino servicios que funcionen, salarios que alcancen y libertades que no dependan de la lealtad política. Esa mayoría silenciosa no está comprometida con la confrontación perpetua ni con la subordinación externa como proyecto nacional. Su exigencia es concreta y profundamente política: reglas claras, derechos garantizados y un Estado que deje de usar la crisis como instrumento de dominación. Frente a ella, los liderazgos que ofrecen salvación a cambio de obediencia, o estabilidad a cambio de tutela extranjera, están condenados al agotamiento.

La historia no admite equívocos: los proyectos políticos basados en el caudillismo, la sumisión o el autoritarismo terminan colapsando. Venezuela no necesita padrinos ni mesías; necesita instituciones, ciudadanía y responsabilidad política. La soberanía no se proclama ni se mendiga: se ejerce. Y solo puede ejercerse con Estado de Derecho, ética pública y límites claros al poder. Solo así la República dejará de ser rehén de facciones y volverá a ser patrimonio de la nación, no como consigna retórica, sino como orden político efectivo.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

Please Select Embedded Mode To Show The Comment System.*

Artículo Anterior Artículo Siguiente

نموذج الاتصال