SOBERANÍA BAJO TUTELA Y DIGNIDAD EN SUSPENSO.

 EL AGUIJÓN

SOBERANÍA BAJO TUTELA Y DIGNIDAD EN SUSPENSO.

Por: Arturo Molina.

Venezuela atraviesa un silencio cargado de tensión. No es calma ni consenso, sino una forma de espera forzada en la que la sociedad oscila entre la adaptación táctica y el agotamiento moral. Mientras millones de ciudadanos concentran su energía en sobrevivir a una economía que devora ingresos y expectativas, en las alturas del poder se desarrollan negociaciones opacas, marcadas por intereses cruzados, desconfianzas internas y condicionamientos externos. En este contexto, la pregunta es ineludible: ¿estamos avanzando hacia una transición democrática real o simplemente asistimos a un reacomodo de élites que posterga, una vez más, el bienestar de las mayorías?

Uno de los elementos más reveladores del momento actual es la narrativa oficial sobre la soberanía. En el discurso se invoca con frecuencia, pero en la práctica se observa un esquema de administración financiera sometido a mecanismos de supervisión externa sin precedentes. La canalización de recursos estratégicos a través de estructuras internacionales, bajo control y monitoreo de actores extranjeros, no puede interpretarse como un triunfo diplomático. Más bien, refleja el bajo nivel de confianza que hoy existe en la capacidad del Estado venezolano para administrar de manera transparente y responsable sus propios ingresos. Este hecho plantea una contradicción profunda. Cuando los recursos de una nación deben ser liberados de forma fragmentada y vigilada para asegurar su destino, no estamos ante cooperación entre iguales, sino frente a una señal clara de descrédito institucional. La soberanía no se proclama; se ejerce. Y resulta legítimo preguntarse hasta qué punto un Estado puede considerarse plenamente soberano cuando su margen de maniobra financiera depende de autorizaciones externas diseñadas para evitar desvíos y opacidad.

A partir de allí, cobra fuerza la idea de una supuesta “normalización” del país. Se pretende presentar como señal de recuperación la existencia de espacios de consumo y una relativa estabilidad cambiaria para sectores muy específicos. Sin embargo, la normalidad no se mide por vitrinas abastecidas, sino por la vigencia efectiva del Estado de Derecho. Mientras persistan detenciones por motivos políticos, restricciones sistemáticas a la libertad de expresión y una inseguridad jurídica que convierte la propiedad privada en una concesión precaria, hablar de transición democrática resulta, cuando menos, engañoso. El núcleo más grave de esta situación sigue siendo humano. Ningún indicador macroeconómico puede ocultar la precariedad cotidiana de la mayoría de los venezolanos. El salario vigente no solo es insuficiente: constituye una negación práctica del derecho a una vida digna. Postergar su ajuste, mientras la inflación y la devaluación erosionan de forma constante el poder adquisitivo, no es una decisión técnica neutral, sino una elección política con consecuencias sociales devastadoras. La pobreza no admite aplazamientos estratégicos ni cálculos diplomáticos; se vive en el presente y erosiona la cohesión social de manera silenciosa pero persistente.

A esto se suma un problema estructural que compromete la noción misma de República: la coexistencia del Estado con grupos armados al margen de la ley. Allí donde el monopolio legítimo de la fuerza se diluye, no hay institucionalidad posible. Las declaraciones públicas y los llamados retóricos resultan insuficientes frente a una realidad en la que la seguridad personal y jurídica depende más de equilibrios locales de poder que de la Constitución. En tales condiciones, cualquier intento de atraer inversión seria o generar confianza sostenida carece de bases reales. La complejidad de la crisis venezolana no admite soluciones cosméticas ni pactos diseñados exclusivamente para garantizar la supervivencia política de quienes gobiernan. Un proceso de reconstrucción auténtico exige la inclusión efectiva de actores con legitimidad social y compromiso con el país: universidades, gremios profesionales, sectores productivos honestos y una sociedad civil que ha demostrado capacidad de resistencia y organización, aun en condiciones adversas.

Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica. Persistir en un modelo centrado en el control social, la distribución restringida de la renta y la dependencia de tutelajes externos puede derivar en una implosión social de consecuencias imprevisibles. Ese escenario no solo profundizaría el sufrimiento colectivo, sino que abriría espacio a expresiones radicales nacidas de la desesperanza y la exclusión. La política, entendida en su dimensión más elevada, exige responsabilidad histórica. Gobernar no debería reducirse a la conservación del poder, sino orientarse a evitar la disolución material y moral de la nación. El país necesita un acuerdo que coloque en el centro a las familias venezolanas y sus derechos, no a los operadores circunstanciales del poder. La historia no suele ser indulgente con quienes, teniendo margen para corregir el rumbo, optan por administrar la inercia y mirar hacia otro lado.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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