ENTRE APAGONES Y EL PODER: DESMONTAR EL MODELO QUE OSCURECIÓ A VENEZUELA.

EL AGUIJÓN

ENTRE APAGONES Y EL PODER: DESMONTAR EL MODELO QUE OSCURECIÓ A VENEZUELA.

Por: Arturo Molina.

La paciencia de amplios sectores del país parece haberse agotado. Lo que padecemos a diario con el sistema eléctrico nacional dejó de ser una simple falla de infraestructura para convertirse en uno de los síntomas más visibles del deterioro institucional venezolano. Mientras desde los despachos oficiales se multiplican las explicaciones para justificar la crisis, en las calles crece una sensación de abandono entre ciudadanos que solo aspiran a trabajar, producir y vivir con normalidad. Quienes habitamos esta región y observamos a diario la dinámica comercial de San Cristóbal, así como las dificultades que enfrentan los 28 municipios del Táchira, sabemos que el costo de esta situación es enorme. Comerciantes que improvisan para evitar pérdidas, hospitales sometidos a constantes contingencias, centros educativos afectados por interrupciones recurrentes y empresas que reducen operaciones o simplemente bajan su Santamaría. Lo que ocurre en el Táchira se repite en buena parte del país, limitando la actividad económica y deteriorando la calidad de vida de millones de venezolanos.

En numerosas comunidades los cortes eléctricos han dejado de ser eventos excepcionales para convertirse en parte de la rutina. Interrupciones de una, dos, tres y hasta cinco horas diarias alteran el descanso, afectan el desempeño laboral y obligan a las familias a reorganizar sus actividades alrededor de cronogramas que muchas veces ni siquiera son informados con claridad. La incertidumbre se ha convertido en un componente más del servicio. Las consecuencias son visibles en cada hogar. Alimentos que se dañan, medicamentos que pierden refrigeración, estudiantes que ven interrumpidas sus actividades académicas, adultos mayores expuestos a condiciones cada vez más difíciles y pequeños emprendedores que deben asumir costos adicionales para mantenerse operativos. Cada apagón deja pérdidas económicas, afecta la productividad y reduce las posibilidades de recuperación de un país que necesita generar empleo y atraer inversiones.

Nada de esto ocurrió de manera espontánea. La crisis es consecuencia de años de decisiones equivocadas, falta de mantenimiento, deterioro de la infraestructura y desplazamiento progresivo del conocimiento técnico por criterios de conveniencia política. Un sistema eléctrico de la magnitud del venezolano requiere planificación, inversión constante y personal altamente calificado. Cuando esos elementos desaparecen, los resultados terminan siendo inevitables. Durante décadas, Venezuela contó con profesionales capaces de desarrollar y operar una de las infraestructuras eléctricas más importantes de la región. Sin embargo, la centralización de las decisiones, la pérdida de autonomía institucional y la ausencia de mecanismos efectivos de evaluación y control terminaron debilitando la capacidad de respuesta del sector. El resultado está a la vista: un servicio cada vez más inestable y una ciudadanía obligada a convivir con la incertidumbre.

Frente a esta realidad, el debate no debería centrarse únicamente en identificar responsables, sino en construir soluciones sostenibles. Venezuela necesita una transformación profunda de su modelo de gestión eléctrica, basada en criterios técnicos, eficiencia administrativa y supervisión institucional efectiva. La experiencia internacional demuestra que los sistemas más robustos combinan regulación pública, inversión, controles independientes y mecanismos que promueven la eficiencia operativa. En esa dirección, resulta necesario abrir espacios para la participación de nuevos actores, impulsar esquemas de generación distribuida, promover inversiones regionales y establecer metas de desempeño verificables para quienes administren el servicio. Igualmente importante será recuperar el capital humano especializado, fortalecer los programas de mantenimiento preventivo, rehabilitar la capacidad termoeléctrica instalada, reducir pérdidas técnicas y garantizar información pública que permita evaluar con objetividad el estado del sistema. Sin conocimiento técnico, planificación y transparencia, cualquier reforma estará condenada al fracaso.

No se trata de exigir privilegios. Se trata de defender el derecho de los venezolanos a contar con servicios públicos confiables y acordes con las necesidades de una nación moderna. La electricidad no puede seguir siendo una fuente permanente de incertidumbre para hogares, comercios, productores y trabajadores. La recuperación del sistema eléctrico exige mucho más que discursos. Requiere voluntad política, capacidad de gestión y una visión de país que coloque el interés nacional por encima de cualquier cálculo partidista. Porque cuando se apaga la luz, no solo se interrumpe un servicio: también se debilita la confianza de una sociedad que sigue esperando respuestas.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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