EL AGUIJÓN
LA
ELECCIÓN QUE PUEDE GANAR UN PRESIDENTE Y PERDER UN PAÍS.
Por: Arturo
Molina.
La elección
presidencial en Colombia (31 de mayo 2026) llega cargada de una tensión que ya
no puede disimularse con discursos moderados ni con gestos de campaña. El país
no solo vota por un presidente; vota, una vez más, entre dos formas de entender
el poder, la confrontación y el futuro. Y cuando una democracia entra en ese
terreno, el problema deja de ser únicamente electoral: pasa a ser institucional
y social.
Iván Cepeda
encabeza las encuestas y llega a la recta final como el candidato con mayores
posibilidades de alcanzar la Presidencia. Sin embargo, ese liderazgo no debería
confundirse con una victoria asegurada. La mayoría de los sondeos coinciden en
que conserva una ventaja importante, pero también en que el escenario continúa
abierto y altamente polarizado. En una elección de estas características,
liderar no equivale necesariamente a dominar. La diferencia entre encabezar una
encuesta y construir una mayoría política estable puede ser mucho más amplia de
lo que sugieren los números. La posibilidad de una segunda vuelta sigue siendo
un factor determinante en el desenlace de la contienda. Su candidatura
representa la continuidad del proyecto político impulsado por el actual
gobierno, y eso le aporta estructura, organización y una base electoral
consolidada. Pero también implica asumir el peso de los logros y de las
frustraciones acumuladas durante estos años. Quien aspira a suceder al poder
vigente no hereda únicamente sus fortalezas; también recibe el desgaste, las
críticas y las expectativas incumplidas. Por eso, más que una candidatura
completamente nueva, Cepeda aparece como la expresión de un debate más profundo
sobre el balance del ciclo político que vive Colombia.
Del otro lado, la
oposición continúa enfrentando un desafío que no ha logrado resolver
plenamente. Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia se han consolidado como
las principales referencias de los sectores críticos al gobierno, pero la
competencia entre ambos también refleja las dificultades para construir una
alternativa unificada. Mientras uno apuesta por un discurso más de confrontación, la otra intenta combinar la tradición política de su sector
con la búsqueda de nuevos apoyos. El problema sigue siendo el mismo:
transformar el descontento social en una propuesta capaz de generar confianza
más allá de sus propias bases.
Sin embargo,
limitar el análisis a los nombres de los candidatos sería un error. La
polarización colombiana no nació en esta campaña. Es el resultado de años de
tensiones acumuladas alrededor del conflicto armado, el proceso de paz, las
desigualdades sociales, la inseguridad, la desconfianza institucional y las
profundas diferencias sobre el rumbo económico y político del país. Las redes
sociales han amplificado esas divisiones, convirtiendo muchas veces el debate
público en un intercambio permanente de acusaciones donde resulta más sencillo
descalificar al adversario que comprenderlo. La consecuencia es evidente.
Colombia está entrando en una elección donde muchos ciudadanos votarán más por
rechazo que por convicción. Ese es uno de los síntomas más preocupantes de una
democracia polarizada, porque transforma la política en una especie de
plebiscito emocional permanente. Ya no se discute con serenidad qué país se
quiere construir; se disputa quién logra movilizar mejor el miedo, la
indignación o la lealtad de su propio sector. Lo más preocupante es que este
fenómeno no es exclusivo de Colombia. América Latina lleva años transitando por
esa misma ruta. Brasil, Argentina, Perú, Ecuador, Bolivia (hoy su democracia es
una vez más amenazada) y Venezuela han experimentado procesos donde las
diferencias políticas dejaron de ser simples desacuerdos democráticos para
convertirse en identidades enfrentadas. En algunos casos, la polarización
terminó debilitando instituciones; en otros, erosionó la confianza ciudadana o
fracturó la convivencia nacional.
Venezuela
representa quizás el ejemplo más doloroso de esa realidad. Durante años, el
país fue atrapado en una dinámica donde la confrontación terminó sustituyendo
al diálogo y la política se convirtió en una lucha permanente entre bloques que
dejaron de reconocerse mutuamente como interlocutores legítimos. El resultado
es conocido: una profunda crisis institucional, económica y social cuyas
consecuencias todavía afectan a millones de venezolanos dentro y fuera de sus
fronteras. Colombia no es Venezuela ni tiene por qué recorrer el mismo camino,
pero sí puede extraer lecciones de una experiencia regional que demuestra hasta
dónde puede llegar una sociedad cuando las diferencias políticas terminan
anulando la posibilidad de construir acuerdos básicos. Y ahí aparece el
verdadero desafío de la próxima administración. Las campañas polarizadas pueden
resultar eficaces para ganar elecciones, pero suelen ser mucho menos eficaces
para gobernar. Un triunfo contundente en las urnas no garantiza la capacidad de
construir consensos, aprobar reformas o generar estabilidad. Gobernar un país
dividido exige mucho más que obtener una mayoría electoral; requiere la
capacidad de tender puentes, reconocer la legitimidad del adversario y
construir espacios mínimos de convivencia democrática.
Si la tendencia
actual se mantiene, la primera vuelta servirá principalmente para confirmar que
ninguna fuerza política posee por sí sola la llave completa del poder. La
verdadera definición llegará después, cuando entren en juego las alianzas, los
acuerdos y los inevitables cálculos de supervivencia política. Pero incluso
entonces el panorama seguirá siendo complejo. Quien resulte vencedor heredará
un país donde la desconfianza continúa creciendo y donde amplios sectores de la
sociedad sienten que sus preocupaciones no están siendo escuchadas. Lo que está
ocurriendo en Colombia no es únicamente una disputa por la Presidencia. Es una
prueba para la madurez de su democracia. Las elecciones terminan en una noche;
las fracturas sociales pueden permanecer durante décadas. Por eso, el verdadero
desafío no será quién gane el poder, sino si el país logra reencontrar un
lenguaje común que le permita seguir avanzando como nación. Porque ninguna
democracia se fortalece cuando una mitad del país celebra mientras la otra
siente que ha sido derrotada para siempre. Ese es, quizás, el costo más alto
que una sociedad puede pagar: ganar elecciones mientras pierde cohesión.
Arturo
Molina.
@jarturomolina1
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jarturomolina@gmail.com
