GANAR POLARIZANDO: LA NUEVA REGLA DE LA POLÍTICA EN COLOMBIA.

 EL AGUIJÓN

GANAR POLARIZANDO: LA NUEVA REGLA DE LA POLÍTICA EN COLOMBIA.

Por: Arturo Molina.

Las elecciones presidenciales de Colombia en 2026 confirman algo más que una competencia reñida: evidencian la consolidación de la polarización como estrategia política. No se trata únicamente de un clima de confrontación, sino de un modelo que distintos actores han aprendido a utilizar para movilizar apoyos, ordenar el debate público y desplazar las discusiones de fondo. En ese terreno, tanto una derecha cada vez más radicalizada como un oficialismo que responde en clave similar, terminan reforzando una dinámica que debilita la deliberación democrática. La confrontación ya no es un efecto del sistema: es parte de su funcionamiento.

Este desplazamiento ocurre en paralelo con la crisis de los partidos tradicionales. Durante décadas canalizaron demandas sociales, pero hoy enfrentan niveles sostenidos de desconfianza, asociados a promesas incumplidas y a una desconexión persistente con la vida cotidiana de los ciudadanos. Según diversas mediciones recientes de confianza institucional en la región, los partidos políticos suelen ubicarse entre las instituciones peor valoradas, lo que ayuda a explicar por qué amplios sectores del electorado han dejado de identificarse con sus propuestas. En ese vacío, el debate pierde densidad programática y se reorganiza alrededor de emociones más inmediatas: frustración, temor e incertidumbre.

En ese contexto, el giro hacia opciones radicales resulta menos sorprendente. Cuando la inseguridad, la fragilidad económica y la sensación de abandono se vuelven experiencias constantes, los llamados al consenso tienden a percibirse como insuficientes. La promesa de orden, cambio rápido o ruptura con lo establecido adquiere entonces una fuerza particular. Así, un candidato ajeno a las estructuras tradicionales logra capitalizar ese descontento y alterar el equilibrio electoral. Pero ese mismo fenómeno encierra una tensión: el respaldo que impulsa su ascenso es también el que alimenta dudas sobre la viabilidad y los alcances de su proyecto. En momentos de crisis, la expectativa de soluciones inmediatas suele concentrarse en liderazgos individuales que difícilmente pueden resolver, por sí solos, problemas estructurales.

La seguridad, en este escenario, ha dejado de ser únicamente un desafío de política pública para convertirse en uno de los principales instrumentos de disputa. La persistencia de actores armados, la expansión de economías ilícitas y los vacíos de autoridad en distintos territorios han consolidado la percepción de un Estado que no logra ejercer control efectivo. Sobre ese diagnóstico, las posiciones se endurecen: mientras algunos sectores cuestionan reformas que consideran debilitantes, otros promueven respuestas de fuerza que pueden tensionar el equilibrio entre eficacia operativa y respeto al Estado de derecho. El resultado es una discusión cada vez menos técnica y más funcional a la competencia electoral.

Y como si fuera poco, a esta dinámica se suma un elemento particularmente sensible: la creciente tendencia a poner en duda la integridad del sistema electoral sin pruebas concluyentes. La observación y la vigilancia son pilares de cualquier democracia, pero cuando la desconfianza se activa de forma selectiva —según favorezcan o no los resultados— deja de ser un mecanismo de control para convertirse en una herramienta política. En ese punto, el problema ya no es solo institucional. Es también una señal de deterioro en las reglas básicas de convivencia democrática.

Es aquí donde cobra sentido hablar de un verdadero “mercado de la crispación”. La confrontación permanente no solo responde a tensiones reales; también genera incentivos. A mayor polarización, mayor visibilidad. A mayor conflicto, mayor capacidad de movilización. En este mercado, los matices pierden valor y los discursos más extremos tienden a imponerse. El riesgo es que esta lógica termine atrapando a todo el sistema político en una dinámica de la que resulta difícil salir sin costos.

Las consecuencias de este fenómeno no se limitan al plano nacional. Si el actual péndulo político se consolida en Bogotá, es probable que se abra una nueva etapa de coordinación regional en materia de seguridad, especialmente en la relación con Venezuela. La necesidad de enfrentar estructuras criminales que operan a ambos lados de la frontera impone formas de cooperación que, en la práctica, trascienden las diferencias ideológicas. Sin embargo, esta posible convergencia también plantea interrogantes relevantes: una estrategia centrada casi exclusivamente en la seguridad puede terminar desplazando otras dimensiones esenciales, como la construcción institucional, la participación ciudadana o el desarrollo económico.

Esta tensión se vuelve particularmente visible en el eje fronterizo Táchira–Norte de Santander. Allí, donde la polarización nacional se traduce en decisiones concretas sobre control territorial, movilidad y economías locales, las simplificaciones resultan insuficientes. En esa franja convergen intereses económicos, dinámicas migratorias, estructuras criminales y vínculos sociales profundamente arraigados entre dos países. La desarticulación de los grupos armados es una necesidad evidente, pero la estabilidad no puede reducirse a la capacidad coercitiva del Estado. Sin instituciones legítimas, oportunidades reales y garantías de libertad, cualquier avance en seguridad será necesariamente limitado.

En el fondo, lo que está en juego va más allá de un resultado electoral. Cuando la política se organiza alrededor de la confrontación constante, las instituciones se convierten en instrumentos de disputa y los adversarios en enemigos permanentes. En ese escenario, la democracia deja de ser un espacio de encuentro y pasa a funcionar como un terreno de validación del conflicto. Y cuando la confianza pública depende de quién gana y quién pierde, el país corre el riesgo de normalizar una inestabilidad silenciosa: aquella en la que cada elección redefine no solo el poder, sino también las reglas del juego.

Arturo Molina.

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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