SR. DONALD TRUMP

 EL AGUIJÓN

SR. DONALD TRUMP.

Por: Arturo Molina.

La historia de las naciones no se escribe con el grosor de sus muros ni con el alcance de sus misiles, sino con la dignidad de sus pueblos. Desde esta tierra tachirense, que conoce de fronteras, migraciones y luchas humanas, es necesario hablar con claridad a quien pretende tutelar el destino de Venezuela bajo una narrativa de liberación que, en la práctica, se asemeja más a una disputa geoeconómica que a un compromiso real con la libertad.

Usted, Sr. Trump, reivindica con firmeza la soberanía de su territorio y el imperio de sus leyes; un derecho incuestionable. Pero la soberanía no es un privilegio de las potencias, es un valor universal. Allí radica la contradicción: perseguir al migrante venezolano —que huye de la miseria y del colapso institucional— mientras se diseñan estrategias de presión e injerencia sobre el país del que ese mismo ciudadano proviene. No se puede cerrar la puerta al que huye y, al mismo tiempo, empujar la casa desde afuera.

Dejemos la demagogia. El interés de las grandes potencias por Venezuela no nace exclusivamente de la defensa de las libertades ni de una preocupación genuina por procesos electorales. Esos argumentos suelen funcionar como biombos de intereses mayores: control de recursos estratégicos, reposicionamiento geopolítico y expansión de influencia en una región históricamente vulnerable. La insinuación de convertir a Venezuela en un “estado 51”, sea provocación o cálculo político, debe tener una respuesta categórica: Venezuela no está en subasta. Poseemos vastas reservas energéticas, recursos minerales y una ubicación estratégica privilegiada. Eso explica el interés global. Pero hay algo que no cotiza en los mercados: la dignidad de nuestro pueblo.

Ahora bien, también es necesario mirar hacia adentro. Venezuela ha sido administrada durante más de dos décadas por una élite política incompetente, autoritaria y depredadora. La tragedia nacional tiene raíces internas: corrupción, destrucción institucional y fractura social. Esa debilidad no solo explica la crisis, también ha facilitado que factores externos intenten aprovecharse de ella. Nada de esto absuelve errores históricos previos, pero lo vivido en estos años ha sido devastador.

Según datos de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V), gestionada por ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) más de 8,7 millones de venezolanos han emigrado del país. Mientras tanto, el informe de la relatora especial de la ONU, Alena Douhan, indica que las sanciones y medidas coercitivas unilaterales han restringido de forma dramática el acceso a medicamentos, equipos médicos, alimentos y bienes esenciales, afectando el ejercicio de derechos humanos básicos como la salud y la vida misma. He visto barrios enteros en penuria; he oído a madres contar la falta de medicinas para sus hijos. En la práctica, las cúpulas no padecen la escasez cotidiana; el ciudadano común sí. Se configura así una doble asfixia: un aparato interno que restringe derechos y una presión externa que deteriora aún más la vida de la gente.

En este contexto, resulta indispensable desmontar la narrativa simplista sobre sanciones y bloqueo económico. Presentadas estas como herramientas de presión contra las élites, en la práctica han recaído sobre la población. Las cúpulas no padecen la escasez cotidiana; el ciudadano común sí. Y en ese escenario, el poder encuentra justificaciones, refuerza mecanismos de control y evade responsabilidades. Se configura así una doble asfixia: un aparato interno que restringe derechos y una presión externa que deteriora aún más la vida de la gente. Estamos ante un peligroso juego de espejos. Mientras en Venezuela se consolida una cultura de dependencia y resignación, en sectores de la política estadounidense se promueven narrativas que deshumanizan al migrante, reduciéndolo a una amenaza. Se olvida que detrás de cada desplazado hay una tragedia provocada por sistemas políticos fallidos. Esto fragmenta a la sociedad: unos se someten al poder interno en nombre de la estabilidad; otros depositan sus esperanzas en intervenciones externas, ignorando que la libertad impuesta rara vez garantiza autodeterminación.

La historia latinoamericana está marcada por estas tensiones. Sin embargo, hay algo que persiste: la memoria de los pueblos. Venezuela la conserva. Sí, queremos salir del modelo actual. Recuperar el Estado de Derecho, la institucionalidad y la justicia. Reconstruir la República. Pero ese camino no puede pasar por la humillación nacional ni por la subordinación a intereses extranjeros. La cooperación es necesaria, pero debe ser respetuosa, transparente y equilibrada. Sr. Trump, el mundo ha aprendido —a un costo enorme— que las lógicas de dominación dejan heridas profundas. Las naciones tienen derecho a su autodeterminación sin que ello implique aislamiento. Venezuela necesita acuerdos e integración, pero bajo principios de respeto. Nuestro país no es un botín ni una ficha geopolítica. Es una nación con memoria, identidad y dignidad. Y mientras eso exista, siempre tendrá la capacidad de reconstruirse sin renunciar a lo esencial: su soberanía.

Arturo molina.

@jarturomolina1

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jarturomolina@gmail.com

 

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