LA FRONTERA NO PIDE PRIVILEGIOS: PIDE FUTURO.

 EL AGUIJÓN

LA FRONTERA NO PIDE PRIVILEGIOS: PIDE FUTURO.

EL DEBATE PENDIENTE SOBRE LA ZONA ECONÓMICA BINACIONAL.

Por: Arturo Molina.

Durante años, la frontera colombo-venezolana ha sobrevivido entre cierres, trochas, devaluaciones y abandono institucional. Allí, donde miles de familias cruzan diariamente buscando trabajo, alimentos, medicinas o simplemente una oportunidad para sostener sus hogares, vuelve hoy a abrirse un debate determinante para el futuro de la región: la creación de una Zona Económica Binacional entre el estado Táchira y Norte de Santander.

Cuando el gobernador Freddy Bernal presentó esta propuesta ante la Asamblea Nacional, el proyecto fue expuesto bajo la promesa de reactivar la llamada “frontera más viva de América Latina”, impulsando el comercio formal, la inversión y el empleo. La viabilidad económica de esta iniciativa no es una fantasía. La dinámica comercial y productiva de Ureña, San Antonio, Rubio, Capacho, La Fría, San Cristóbal, Delicias y el eje del Catatumbo ha estado históricamente conectada con Cúcuta, Villa del Rosario, Puerto Santander y Tibú. Son territorios unidos no solo por la geografía, sino también por relaciones familiares, culturales y económicas que han sobrevivido incluso a las tensiones políticas entre ambos países. Sin embargo, el verdadero debate no radica únicamente en cuánto comercio puede generar esta propuesta, sino en qué tipo de desarrollo se pretende construir y quiénes terminarán beneficiándose realmente de él.

La frontera es un ecosistema complejo, marcado por la coexistencia de dos Estados, dos monedas, dos marcos regulatorios y profundas asimetrías económicas. Durante décadas, la ausencia efectiva de institucionalidad, tanto del lado venezolano como del colombiano, abrió espacio a un comercio desordenado que fortaleció economías irregulares y profundizó la desigualdad social. Las distorsiones cambiarias, la informalidad y la debilidad de los controles terminaron desplazando buena parte de la actividad económica hacia los llamados “caminos verdes”, creando estructuras paralelas que todavía condicionan la vida cotidiana de miles de ciudadanos. Los años de cierre fronterizo dejaron además una lección evidente: una frontera clausurada no elimina las dinámicas económicas; simplemente las desplaza hacia la ilegalidad y fortalece redes que terminan sustituyendo la presencia del propio Estado. Cuando el Estado desaparece de la frontera, otros poderes terminan ocupando su lugar.

Por eso, reducir este debate únicamente a cifras comerciales sería un error estratégico. En el papel, la Zona Económica Binacional puede representar un signo de madurez política y cooperación regional. Pero en la práctica siguen existiendo vacíos preocupantes sobre tributación, garantías laborales, seguridad jurídica, protección social y control efectivo del territorio. Allí nace buena parte del recelo que hoy expresan gremios, productores agrícolas, pequeños comerciantes y comunidades fronterizas. El temor no es irracional. Muchas personas perciben el riesgo de que la región termine convertida en un simple espacio extractivista, donde los grandes capitales concentren los beneficios mientras la población local continúe atrapada entre bajos salarios, precarización y dependencia económica. Detrás de cada decisión económica existen familias enteras que dependen del pequeño comercio, del trabajo fluctuante y de la producción agrícola para sobrevivir. Para miles de trabajadores fronterizos, la apertura no es un debate ideológico; es una necesidad profundamente humana.

En un contexto de reconfiguración económica posterior a la pandemia, hablar de más comercio exige también hablar de contraprestaciones reales para quienes habitan la frontera. Sin empleo formal, salarios dignos, fortalecimiento de la producción local y protección efectiva para las pequeñas y medianas empresas, la apertura podría terminar repitiendo un viejo ciclo de frustración y desigualdad. Pero quizá el desafío más delicado no sea únicamente económico o arancelario, sino institucional y soberano. Porque la soberanía no se pierde solamente cuando actores armados ocupan espacios territoriales; también se debilita cuando el ciudadano depende de economías ilegales para sobrevivir, cuando el productor local desaparece frente a las asimetrías del mercado o cuando la ausencia del Estado deja a las comunidades a merced de estructuras paralelas de poder.

La urgencia ciudadana por recuperar oportunidades explica el respaldo que muchos sectores expresan hacia una mayor apertura económica. Sin embargo, el pragmatismo comercial no puede justificar acuerdos construidos exclusivamente desde oficinas técnicas o intereses corporativos, sin escuchar a quienes viven diariamente la realidad fronteriza. El Táchira no puede limitarse a ser un simple espacio de tránsito económico. Debe convertirse en protagonista de su propio modelo de desarrollo. Por ello, el debate debe abandonar los escritorios de Caracas y Bogotá para instalarse directamente en las calles de ambos lados de los espacios fronterizos. La población tiene que ser protagonista de las decisiones que marcarán su futuro. Es indispensable conocer con transparencia qué exigencias tendrán los grandes inversionistas, cuántos empleos reales se generarán y cuáles sectores serán priorizados. También resulta necesario establecer mecanismos claros para proteger a nuestros productores, trabajadores migrantes y barrios populares frente a las profundas asimetrías económicas existentes.

En este punto, la participación activa de universidades, especialistas, gremios y organizaciones sociales resulta fundamental para evitar que se repitan errores que, en otras regiones, terminaron ampliando la desigualdad en nombre de la integración. La experiencia internacional demuestra que los procesos fronterizos exitosos no dependen únicamente de aperturas comerciales, sino también de instituciones sólidas, reglas claras, protección social y participación ciudadana efectiva. La integración verdadera no puede construirse sacrificando la dignidad de quienes habitan la frontera.

La Zona Económica Binacional podría convertirse en un paso importante hacia una mayor madurez geopolítica y económica para ambos países, siempre y cuando se estructure con equidad, transparencia y una defensa firme de la soberanía nacional. Pero conviene subrayar algo esencial: la frontera no es un simple corredor mercantil ni una estadística económica. La frontera es el hogar de miles de familias que durante años han resistido el abandono, la incertidumbre y la improvisación política. Porque la frontera no pide privilegios. Pide dignidad y oportunidades y una mejor la calidad de vida.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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