EL AGUIJÓN
DEL MURO AL PUENTE.
Por: Arturo Molina.
Lo ocurrido
al inicio de este 2026 dejó una lección clara: la confrontación permanente ha
desgastado al país. Ha debilitado la capacidad de respuesta institucional, ha
profundizado el malestar de las familias y ha convertido la incertidumbre en
hábito cotidiano. Hoy, una amplia mayoría de venezolanos no quiere seguir
atrapada en la lógica de la pelea interminable. Quiere trabajar, producir,
planificar y vivir sin sobresaltos. Esa mayoría está enviando un mensaje
sencillo: no pide milagros, pide resultados. Y eso exige que la política deje
de ser una arena de choque para convertirse en una herramienta útil para
resolver problemas concretos.
El contexto
internacional también obliga a mirar la realidad con seriedad. Venezuela sigue
ocupando un lugar sensible por su peso energético y su importancia geopolítica
en la región. Pero sería un error presentar como triunfo lo que apenas es un
respiro condicionado. Ese escenario responde tanto a cálculos estratégicos
externos como a la mala gestión interna acumulada durante años. A ello se suma
el impacto de las sanciones del gobierno de los Estados Unidos, que han
golpeado la economía, limitando la producción y agravando la vida cotidiana de
millones de venezolanos. Ningún análisis serio puede ignorar esa combinación de
factores. Reducir la crisis a una sola causa es una forma de simplificar lo que
ha sido una acumulación de errores internos, presiones externas y deterioro
institucional. Mientras esa verdad siga evadiéndose, el país seguirá pagando el
costo de los diagnósticos cómodos y de las soluciones improvisadas. Este
momento exige decisiones de fondo. La primera es política: abandonar de una vez
la confrontación como método de poder. La segunda es institucional: reconstruir
la confianza entre los actores que sostienen la vida nacional. La tercera es
práctica: colocar la gestión, los resultados y la eficiencia por encima de la
lealtad partidista. Sin esos cambios, no habrá recuperación posible.
El
entendimiento entre el sector civil y el militar también debe asumirse con
madurez. En Venezuela, la estabilidad no se construirá negando esa realidad,
sino organizándola dentro de reglas claras. Eso supone garantías jurídicas e
institucionales para la Fuerza Armada, de manera que cualquier proceso de
cambio sea percibido como evolución y no como amenaza. Al mismo tiempo, la
familia militar debe integrarse plenamente en los mismos esquemas de bienestar
social que necesita cualquier venezolano. Porque cuando la economía se
derrumba, el soldado, el maestro, la enfermera y el trabajador informal
comparten la misma angustia: cómo sobrevivir con ingresos insuficientes y una
vida cada vez más incierta. Ahí puede nacer una idea distinta de país: no desde
la imposición, sino desde una solidaridad nacional construida sobre necesidades
reales.
La
recuperación institucional dependerá, en gran medida, de una transformación
profunda de la gestión pública. El Estado venezolano debe dejar de funcionar
como mecanismo de control y volver a ser un instrumento de servicio. La
legitimidad ya no puede sostenerse solo en el discurso o en el origen del
poder. Tiene que ganarse con hechos: hospitales operativos, escuelas
funcionando, agua, electricidad, transporte, seguridad jurídica y capacidad de
respuesta. La política necesita hablar el lenguaje de los resultados. Como
señaló Adam Przeworski, la estabilidad democrática se fortalece cuando los
actores perciben que tienen más que ganar dentro del sistema que fuera de él.
Esa idea debería guiar cualquier esfuerzo de reconstrucción nacional. Venezuela
necesita pasar de la disputa estéril al cálculo responsable, del interés de
facción al interés país, de la improvisación al método.
Eso también
exige una apuesta decidida por la economía. No habrá paz social sin
reactivación productiva. No habrá reactivación sin confianza. No habrá
confianza sin reglas claras. Por eso urge construir acuerdos mínimos,
verificables y sostenibles que den seguridad jurídica a la inversión,
estabilidad a la producción y alivio a la población. Hannah Arendt lo expresó
con precisión: el poder nace del actuar en común. Venezuela necesita recuperar
esa capacidad para reconstruir las bases materiales de la vida diaria. No se
trata de un ideal abstracto, sino de volver a hacer posible lo elemental:
trabajar, estudiar, producir, cobrar, comprar, planificar y vivir sin el temor
permanente a que todo se desmorone.
La
ciudadanía, por su parte, no puede limitarse a mirar desde la distancia. Tiene
que volver a ocupar un lugar activo en la reconstrucción nacional. Sin tejido
social no hay institución que resista. Sin participación no hay control. Sin
corresponsabilidad no hay país posible. La verdadera soberanía hoy pasa por una
decisión colectiva: poner la calidad de vida por encima del fanatismo, la
sensatez por encima del cálculo corto y la dignidad por encima del chantaje
político. Venezuela necesita liderazgos capaces de leer el momento histórico
sin soberbia ni ceguera. La sociedad ya habló, aunque sea en silencio: quiere
vivir mejor, quiere paz, quiere cordura y quiere futuro. Ignorar ese mensaje
sería un error grave. Persistir en la confrontación sería todavía peor.
Venezuela
no necesita más muros. Necesita puentes. No necesita más relatos que separen.
Necesita decisiones que acerquen. No necesita más excusas. Necesita resultados.
Y necesita, con urgencia, una política que deje de administrar el cansancio y
empiece a construir esperanza. El país sigue cansado, pero todavía está a
tiempo de reconstruirse. La pregunta ya no es si hace falta un cambio: la
pregunta es quién tendrá la valentía de empezar a hacerlo.
Arturo
Molina
@jarturomolina1
www.trincheratachiorense.blogspot.com
jarturomolina@gmail.com
