SALARIO, PETRÓLEO Y VERDAD.

 EL AGUIJÓN

SALARIO, PETRÓLEO Y VERDAD.

Por: Arturo Molina

Venezuela atraviesa un momento de expectativa contenida. Desde comienzos de 2026 se ha instalado la idea de que podrían producirse cambios capaces de aliviar la presión económica que soportan millones de ciudadanos. Pero más que rumores o anuncios parciales, el país necesita algo tan simple como exigente: claridad. La incertidumbre no proviene únicamente de una crisis prolongada; nace también de la opacidad sobre lo que realmente se negocia y se planifica en nombre del interés nacional.

En el plano internacional, el reacomodo de las relaciones entre el gobierno venezolano y Estados Unidos ha devuelto el petróleo al centro del tablero. Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA) vuelve a ocupar titulares como eje de posibles acuerdos y nuevos flujos comerciales. Sin embargo, más importante que los montos anunciados es la arquitectura institucional que debería acompañarlos. Según cifras oficiales y estimaciones independientes, la producción petrolera venezolana ha oscilado en los últimos años alrededor del millón de barriles diarios, muy lejos de los más de tres millones que llegó a bombear a comienzos de siglo. Aun en escenarios de recuperación, los ingresos no son ilimitados, y su impacto dependerá menos del volumen exportado que de la transparencia en su administración.

La soberanía no se declama: se ejerce con información pública y rendición de cuentas. El ingreso por exportaciones no es una cifra abstracta; es la base material de cualquier política social sostenible. Sin datos verificables sobre contratos, costos operativos y destino de los recursos, la expectativa se convierte en sospecha. Y ningún proceso de recuperación puede sostenerse sobre la desconfianza. En la vida cotidiana, el debate más urgente sigue siendo el salario. El ingreso mínimo legal perdió hace años su función protectora. De acuerdo con mediciones del Observatorio Venezolano de Finanzas, el salario mínimo mensual equivale a apenas unos pocos centavos de dólar al tipo de cambio vigente, mientras la canasta básica supera ampliamente los cientos de dólares. La brecha no es técnica: es existencial. Lo que debería garantizar condiciones mínimas de vida se ha convertido en una referencia simbólica.

En su lugar han proliferado bonos y compensaciones que alivian momentáneamente el bolsillo, pero no forman parte del salario integral ni inciden en prestaciones, vacaciones o pensiones. Esta distorsión debilita la seguridad jurídica del trabajador y traslada la estabilidad laboral al terreno discrecional. Como advertía el economista Asdrúbal Oliveros en un foro reciente, “sin anclas fiscales y monetarias claras, cualquier aumento nominal corre el riesgo de evaporarse en inflación”. El dilema no es si aumentar o no el salario, sino cómo hacerlo sin reproducir el ciclo de incremento–inflación–pérdida de poder adquisitivo. Desde hace más de dos décadas, el salario se fija esencialmente por decreto presidencial, desplazando la negociación tripartita prevista en la legislación laboral. Esa práctica ha erosionado la confianza institucional. Las decisiones salariales no pueden depender de anuncios ocasionales ni de fechas simbólicas; deben responder a un proceso técnico, transparente y verificable donde participen el Estado, los empleadores y los trabajadores con cifras auditables sobre la mesa.

Si se proyecta un incremento en los ingresos del país por una eventual mejora petrolera, la ciudadanía merece conocer la ruta progresiva de ese alivio. Si el aumento salarial será modesto, deben explicarse con franqueza las restricciones fiscales y monetarias. Si será sustancial, debe detallarse cómo se sostendrá sin alimentar nuevas presiones inflacionarias. La expectativa sin información se transforma inevitablemente en frustración, y un ajuste cosmético combinado con una reducción de derechos solo profundizaría el malestar social. Venezuela necesita menos consignas y más datos; menos decisiones unilaterales y más institucionalidad. Una salida responsable exige que el gobierno publique cifras verificables, que el sector empresarial asuma compromisos claros de formalización y productividad, y que el movimiento sindical participe con propuestas viables y sostenibles. La ciudadanía no es un espectador pasivo: es el sujeto del contrato social.

Lo cierto de todo esto, es que la discusión sobre el salario no es un tecnicismo económico. Es una discusión sobre dignidad. Y ningún país puede reconstruir su futuro si administra sus recursos en silencio y sueldos en incertidumbre.

 

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

Please Select Embedded Mode To Show The Comment System.*

Artículo Anterior Artículo Siguiente

نموذج الاتصال