LA RECONCILIACIÓN DE VENEZUELA ESTÁ MÁS ALLÁ DEL ELLOS Y NOSOTROS.

 EL AGUIJÓN

LA RECONCILIACIÓN DE VENEZUELA ESTÁ MÁS ALLÁ DEL ELLOS Y NOSOTROS.

Por: Arturo Molina

Venezuela está en una encrucijada: la arquitectura de la confrontación ha agotado su utilidad, si es que alguna vez la tuvo. Lo que hoy vivimos no es solo una diferencia de criterios; es una fractura emocional que ha partido al país en “ellos” y “nosotros” (han pasado veintiséis (26) años y se sigue nadando en las mismas aguas oscuras). Esta polarización, lejos de impulsar cambios, actúa como un ancla que frena cualquier posibilidad de avanzar hacia una convivencia ciudadana sana. El riesgo es claro: sin un mínimo de reconciliación que supere la diatriba cotidiana, cualquier intento de transformar el sistema de gobierno quedará reducido a la inercia de una lucha estéril.

La teoría política contemporánea nos recuerda que la identidad y la dignidad son motores centrales de la acción humana. Cuando la política se reduce a una guerra de identidades que deshumaniza al adversario, se hace muy difícil construir acuerdos mínimos. Como ha señalado la especialista en resolución de conflictos Donna Hicks, la violación de la dignidad humana está en el núcleo de muchos conflictos. En nuestro contexto, esa violación se traduce en respuestas fulminantes ante el disenso: mecanismos de defensa que olvidan que, debajo de las etiquetas, hay un dolor social compartido por la crisis económica, la migración y la precariedad.

La evidencia sobre polarización afectiva muestra costos que trascienden lo social: son también económicos y estructurales. Un país en el que una parte significativa de la población se siente excluida por la otra resulta ingobernable a largo plazo. Por eso, la dirección política más profesional y responsable hoy no es la que profundiza el abismo, sino la que reconoce al adversario como ciudadano con miedos y aspiraciones legítimas. La reconciliación no es debilidad ni renuncia a principios; es realismo político y exigencia de humanidad.

Para que el cambio sea sostenible debe partir de la validación del sufrimiento ajeno. No se trata de olvidar; se trata de reconocer que el bienestar de “nosotros” es inviable sin la estabilidad y la inclusión de “ellos”. Sustituir el lenguaje de la exclusión por uno de reconocimiento mutuo desactiva parte del poder destructivo del conflicto y recupera la política para su función primera: la gestión de lo común. El elector y el actor político deben asumir que una victoria basada en la aniquilación simbólica del otro será siempre pírrica: garantiza, en el mejor de los casos, un nuevo ciclo de revancha. La política responsable busca mayorías inclusivas, no humillaciones que perpetúen resentimientos. Eso implica propuestas concretas —reformas institucionales creíbles, políticas públicas que prioricen empleo, salud y seguridad jurídica, procesos de verdad y reparación donde procedan—, además de un cambio en el lenguaje público para promover la convivencia.

El reencuentro nacional es la vía para evitar que el país siga diluyéndose en el tiempo. La respuesta ante la agresividad del entorno no debe ser reactiva, sino reflexiva: priorizar la reconstrucción del tejido social mediante decisiones profesionales, medibles y orientadas al bien común. Si logramos mirar más allá de las barricadas retóricas, veremos que la demanda por servicios eficientes, seguridad jurídica y el regreso de nuestros seres queridos son anhelos que no conocen bandos.

Es momento de pasar de la confrontación que nos empequeñece a una convivencia que nos permita reconstruir una nación plural, donde quepamos todos con la dignidad intacta y la mirada puesta en un futuro compartido. La política que Venezuela necesita es la que acompasa principios y pragmatismo, memoria y reconciliación, para transformar el conflicto en oportunidad de reconstrucción.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.trincheratachirense.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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